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La COVID-19 y las 5 principales amenazas que supone para la seguridad alimentaria mundial

  |   Red de las Naciones Unidas para el SUN, Red de países SUN

* Artículo originalmente publicado por el Programa Mundial de Alimentos (PMA)


 

Redacción a cargo de Chase Sova, jefe interino de Políticas Públicas del PMA, Estados Unidos.

A principios de 2020, el número de personas que sufrían malnutrición y hambruna en el mundo ya estaba en aumento debido al incremento en los conflictos violentos y a los efectos del cambio climático. En la actualidad, más de 800 millones de personas sufren desnutrición crónica y más de 100 millones de personas necesitan asistencia alimentaria para poder sobrevivir. La nueva enfermedad por coronavirus (COVID-19) amenaza con socavar los esfuerzos de las organizaciones de asistencia humanitaria y alimentaria, que buscaban revertir estas tendencias.

En palabras de Shenggen Fan, ex director general del Instituto Internacional de Investigaciones sobre Políticas Alimentarias (IFPRI), “la COVID-19 genera una crisis sanitaria, pero si no se toman las medidas adecuadas, podría desatar una crisis en materia de seguridad alimentaria”.

Cada uno de los últimos brotes importantes de enfermedades —ébola, síndrome respiratorio agudo severo (SRAS), síndrome respiratorio de Oriente Medio (SROM)— ha generado efectos negativos directos e indirectos en la seguridad alimentaria. Los expertos manifiestan lo siguiente acerca de las características de estos efectos y de la probabilidad de que se produzcan durante la COVID-19:

1. La COVID-19 representa una gran amenaza para los países que registran una pobreza generalizada y una infraestructura sanitaria deficiente

La COVID-19 plantea riesgos considerables para las poblaciones que ya se encuentran en situación de vulnerabilidad en los países con carencias importantes de desarrollo, escasa capacidad del gobierno y, sobre todo, una infraestructura sanitaria deficiente. Si bien el coronavirus ha demorado en llegar a África Subsahariana, la mayoría de los expertos coinciden en que sus efectos en esta región son inminentes (y es posible que se hayan subestimado debido a la falta de capacidad para realizar pruebas de detección). Hasta el 16 de marzo de 2020, 25 países en África informaron casos confirmados de COVID-19. Si bien la capacidad para hacer las pruebas en el continente se ha incrementado de 2 países a 39 desde principio de febrero, aún no se cuenta con una infraestructura sanitaria.

“Nuestra gran preocupación es la posibilidad de que el virus se propague a los países con sistemas sanitarios más débiles”, señala Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Asimismo, la población refugiada corre un gran riesgo. Hoy en día, en comparación con cualquier otro momento posterior a la Segunda Guerra Mundial, son más las personas que se ven obligadas a marcharse de sus hogares a causa de la violencia, los conflictos y la persecución. Muchas de las personas que han abandonado sus países viven en campamentos de refugiados. Especialmente, las poblaciones refugiadas, que viven en estrecha proximidad unas de otras y carecen de las instalaciones médicas adecuadas, corren un gran riesgo de contraer la COVID-19.

2. La COVID-19 representa una gran amenaza para los países que no cuentan con redes sólidas de protección social

Los sistemas de protección social son un salvavidas esencial que permite frenar los perjuicios nutricionales y económicos de la enfermedad. Sin embargo, muchos países en desarrollo no cuentan con sistemas de seguridad social para cubrir este vacío. De hecho, menos del 20 % de las personas que viven en países de bajos ingresos pueden conseguir algún tipo de protección social y un porcentaje aún menor tiene acceso a las redes de protección social basadas en el suministro de alimentos.

3. La COVID-19 puede resultar especialmente letal para las personas con hambre o desnutrición aguda o crónica.

Sobre los 1200 millones de personas de África recae el porcentaje de desnutrición más alto del planeta, ya que afecta a más del 20 % de la población. Se ha demostrado que el coronavirus puede causar la muerte principalmente en personas mayores o en quienes ya tienen algún otro problema de salud. En este último grupo, es posible que se ubiquen las personas con malnutrición.

En una entrevista reciente de Al Jazeera sobre la posible propagación del virus en Corea del Norte, el Dr. John Linton, Centro Internacional de Atención Médica de la Universidad Yonsei de Corea del Sur, afirmó: “Si [el coronavirus] llegara a Corea del Norte, donde existen tantas otras deficiencias subyacentes y un sistema sanitario carente de recursos, el índice de mortalidad aumentaría bastante. Dado que gran parte de la población presenta malnutrición, sería una situación mucho peor que la de China”.

Por ejemplo, se cree que la tasa de supervivencia de los pacientes que padecen ébola depende de lo que los trabajadores sanitarios llaman el “estado nutricional precedente” o la salud nutricional previa de las personas infectadas con el virus.

4. La COVID-19 puede generar interrupciones en las cadenas de suministro de alimentos, escasez alimentaria y aumentos en el precio de los alimentos

Hasta el momento, el nuevo coronavirus no ha generado un impacto directo importante en el suministro o el precio de los alimentos básicos en los lugares afectados por el virus o a escala mundial. Durante los brotes de SRAS y SROM en China también se observó una alteraciónmínima de los mercados y los precios locales, gracias a que había reservas suficientes de estabilización y a que se tomaron medidas para asegurar la circulación continua de las mercancías. Sin embargo, este no siempre ha sido el caso en África Subsahariana.

Por ejemplo, el brote de ébola en 2014 ocasionó un incremento drástico en el precio de los alimentos básicos en los países afectados de África Occidental. Además, el aumento en el precio de los alimentos durante el período 2007-2008 demuestra que las restricciones de las exportaciones, la especulación bursátil y el pánico fueron, en parte, responsables del notable incremento en el precio mundial de los alimentos en ese período: se trata de medidas frente a las cuales hoy no estamos protegidos.

En muchos países en desarrollo, millones de familias ya destinan más de la mitad de sus ingresos a la compra de alimentos en circunstancias normales.

Los países que tienen una gran dependencia de los alimentos importados para satisfacer la demanda, como los de África Subsahariana, corren un riesgo desproporcionado de que se produzcan interrupciones en las cadenas de suministro, en especial, ante los cierres de las fronteras. Por último, el hecho de que los agricultores dejen la tierra en barbecho (o deban retrasar la siembra o la cosecha) debido a enfermedades e interrupciones en las cadenas de suministro no alimentarias, como de fertilizantes y otros insumos críticos, es lo que en definitiva más podría afectar a las economías de los países en desarrollo.

5. La COVID-19 puede ocasionar una desaceleración o recesión de la economía mundial, lo que agravaría la pobreza extrema y el hambre

La Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos sometió a un minucioso análisis sus proyecciones del crecimiento del PIB mundial de este año y determinó que la COVID-19 y su repercusión en los mercados sería la “amenaza más grave desde la crisis financiera mundial” de 2008. Tal como se informó en la última edición del informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (informe “SOFI”), la recesión económica genera un mayor impacto en la pobreza y la inseguridad alimentaria. “El ritmo desigual de recuperación económica y el continuo desempeño económico deficiente en muchos países luego de la crisis económica mundial de 2008–2009 también están menoscabando los esfuerzos tendientes a erradicar el hambre y la malnutrición”, aseveran los autores del informe SOFI. “El hambre ha aumentado en muchos países donde la economía se ha ralentizado o contraído, sobre todo, en aquellos de ingresos medianos”.

La recesión económica, la pobreza y la inseguridad alimentaria suelen acompañarse entre sí. Los programas mundiales de seguridad alimentaria podrían correr otros riesgos si los recursos destinados a la asistencia humanitaria y al desarrollo se emplean en las medidas para combatir la COVID-19.

 

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